(O el arte de revelar poco y nada)
Ayer, en una reunión familiar, mi tío Alberto, que
es medio despistado para las fechas, me preguntó qué edad tenía yo. Cuarenta,
le dije, y agregué casi sin pensar: “De los veinte a los cuarenta, no sé qué
pasó, hay un agujero negro en mi vida”. Fue como si las palabras se me
escaparan. (Al rato, reconocí que en el período mencionado hubo momentos
importantes). Siguiendo en tono de confesión, mi tío me dice: “Yo no me acuerdo
de nada entre los cincuenta y los cincuenta y siete. Lo que sí recuerdo con
nitidez es la etapa comprendida entre los cinco y los ocho años”. Sonreí. Yo
también recuerdo bien aquella época dorada. La mía, no la de mi tío Alberto.
En alguna parte leí que la infancia es una patria a
la que jamás se vuelve. O un país extranjero. Yo no estoy tan seguro de que la
infancia sea un país, sólo sé que la extraño. Extraño los juegos de la niñez,
aquella época de pelotas y de potreros, de pantalones sucios, de vidrios rotos,
de fogatas.