Yo
nací en un pueblo del norte de Málaga. Me equivoqué, como en casi todo lo que
me equivoco, porque soy impaciente. Cuando me dieron a elegir familia elegí
aquella que llevaba el apellido “Conde”, es que di por hecho que el dinero y el
poder iban asociados a ese título. Nunca le perdoné a mi padre que fuera pobre,
y calvo, y que me dejara en herencia las dos cosas. Por esto tuvimos siempre
una mala relación que solo cambió en algunos momentos para ser peor.
Tuve una
infancia feliz, tremendamente feliz. Jugué y exploré olivares infinitos,
bosques mediterráneos y me quedé prendado de un pequeño rincón de un arroyo que
ni aparece en los mapas. El año pasado volví a aquel sitio, ya ni aparece el
arroyo. No volveré más allí, me digo, al menos, con los ojos abiertos.
Siempre fui
bueno con las manos. En el colegio, cuando tenía apenas once años, me pusieron
un diez en un trabajo de expresión artística que ni siquiera acabé. Eso no fue
impedimento para que lo pasearan por todas las clases y alabaran mis cualidades
artísticas. Porque yo soy un artista; frustrado, pero artista; perdido, pero
artista; malo, pero… malo, malo, malo.
