Nací prematura en Enero del 75 en Madrid. Mi papá solía decir que estuve
tan enferma y di tanta guerra durante mi primer año de vida que ni Franco pudo
soportarlo y nunca vio el 76. Lo decía con una sonrisa pícara en la cara el
hombre que fue y sigue siendo mi mayor referente en la vida a pesar de haberle
perdido cuando yo contaba apenas veintiún años.
Tuve una infancia dura, trabajando en el negocio familiar desde los
nueve años y viviendo muy de cerca la enfermedad de mi padre. No quería ir a la
Universidad y mis padres no deseaban tener una hija que estudiara lo que
entonces se llamaba formación profesional. Recuerdo el primer día del
Instituto; mi papá me llevó hasta la puerta y me dijo: “Estudias la secundaria
y luego haces lo que quieras”. Seguramente por eso no dudé en irme a Holanda a
los diecinueve años a trabajar después de terminar y seguir con las matemáticas
suspendidas. En principio iba a ser un verano trabajando en el extranjero para
practicar mis idiomas. Mis progenitores habían considerado imprescindibles eso
de aprender otras lenguas y a los cinco años estaba aprendiendo inglés.